POSTALES DE  ESPAÑA


¡Soldados, apunten!

En el verano del 36, después del levantamiento militar, las tropas franquistas curtidas en las guerras de África, van conquistando uno tras otro los poblados, batiendo fácilmente a los defensores que suelen ser campesinos analfabetos. La orden del General Mola para los sublevados es avanzar sin dejar enemigos a su espalda. Los fusilamientos se cuentan por millares incluyendo el de su más grande poeta. España entera es un gran cíclope ciego propinando torpes y sangrientos manotazos.

En la plaza de un pequeño pueblo del sur, un pelotón de fusilamiento en perfecta formación y bajo el sol del mediodía, espera la orden de disparar. Tienen prisa, pues el sol, a esta hora del estío y de la guerra, apremia. Pero esperan. El condenado es el rector del colegio del pueblo y nadie se atreve a cumplir la orden sin la presencia del superior. El capitán al mando de la plaza, ha encontrado entre los prisioneros una veterana vedette de variedades, y en la casa confiscada al alcalde monta una función privada.

El pueblo se ahoga en el silencio. Ya no hay niños, ni perros, ni gatos y parece que hasta el viento ha huido de sus calles. Solo se escuchan las bandadas de estorninos que protestan con estruendo por la carnicería. Arrodillado frente al muro destrozado por las balas, el reo se niega a ser vendado. Ante la tensa espera, el sargento le permite ponerse de pie y recostarse en el muro. A la sudorosa tropa, le permite asumir posición de descanso. Uno de los soldados -hijo del cacique del pueblo, enrolado en el ejército que defiende los privilegios de su familia- fue alumno del prisionero y le hace alguna pregunta. Te refieres, Juanito, a Lope de Vega que escribe: "Pero con una cosa me contento; que aunque puedan quitarme la esperanza, no me pueden quitar el pensamiento."

El soldado se dirige a él nuevamente, extendiendo la pregunta anterior.
Ese es Quevedo cuando dice: "Cágome en el blasón de los monarcas, que se precian de dar la vida y dispensar las Parcas, pues en el tribunal de los gregüescos, cualquier culo lo hace con dos cuescos."

Mucho después, y ante la prolongada contienda amorosa del capitán en la casa del frente, el grupo es un animado corrillo que ríe las cultas ocurrencias del profesor. Las risas juveniles de la tropa llenan el vacío que dejan unos recodos solo habitados por el silencio y unos umbrales cruzados por el miedo. Suben las risotadas por los balcones, oxigenando los patios donde vuelven a florecer los claveles, marchitos por la ausencia de sus caseros. El eco del improvisado jolgorio gira las esquinas a un lado y a otro, por estas calles blancas y solariegas, donde los perros ya hace tiempo que no ladran. Pareciese que vuelven a cobrar sentido todos esos caminos que llegan desde el olivar hasta la plaza, para asomarse una vez más a la certidumbre de la vida.

¡Me lo fusilen, coño!, brama el capitán borracho, desde la ventana, en un grito que resuena contra el muro.

El teniente le ruega al condenado vendarse en consideración a los soldados. Acepta. Se gira para no ver al detenido durante la orden de disparar mientras que, fusiles al hombro, los soldados ven tan sólo una imagen borrosa. Avergonzados, tratan de ocultar sus lágrimas en el silencio de un festivo pueblo andaluz, convertido ahora en camposanto. 

La guerra entonces, vuelve a su cauce.

Para Carlos Mario Yory


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