ALGARADA

Del libro Ciudadano Mambru de Felipe Orozco


¡Le han dado al abuelo! Gritan.

Agustín. El abuelo. A nadie permite llamarlo así, para no sentirse viejo, pero aquí tolera ese apelativo como un título nobiliario. Lo reconocen por una famosa fotografía, siendo arrastrado por dos uniformados. Bien peinado. Bien afeitado. Traje azul marino y flor en la solapa. Derrotado. Digno.

La manifestación contra la guerra era -como debe ser- pacífica. Madrid es un hervidero de gente que de cerca y de lejos ha venido hasta aquí para oponerse a una nueva aventura bélica. El despliegue policial es equivalente. Miles de antidisturbios han llegado a la capital para reforzar a los que tienen aquí asiento. La concentración de un millón de personas de toda condición, llena las avenidas y la cabecera de la marcha se distribuye frente a las líneas de furgones policiales, vallas y agentes del orden.

Dentro de esta variopinta escena, destaca la uniformidad de un grupo de muchachos que embozados, calzados y vestidos de manera similar, parecen cortados por la misma tijera. Avanzan hacia las vallas y utilizan las banderas que ondeaban para golpear a los uniformados. La reacción no se hace esperar: las fuerzas de seguridad la emprenden contra el gentío. Cunde el pánico. Los gases lacrimógenos dibujan parábolas por encima de la muchedumbre y las porras, liberadas al fi n, cumplen su cometido. La policía aísla y tira al suelo uno de los atacantes. “Que soy compañero, coño”, dice identificándose como uno de los suyos.

Agustín siente el golpe y le parece que cae en cámara lenta. Antes de desmayarse, escucha con sordina las voces y ruidos de la refriega. Sus sentidos se embotan. Ve una imagen en blanco y negro, donde es un niño en el exilio francés. Escucha silbar a su padre que llega de su trabajo. Lo recuerda hablando de la guerra civil, de la Pasionaria y su discurso al paso de los Brigadistas por estas mismas calles. También del Ebro, de la derrota, del campo de concentración en Argelès. De sus días de partisano contra los nazis. De Torrijos en Málaga. Del 2 de mayo. De Viriato. También escucha a su madre ya viuda, advirtiéndole en medio del llanto: Júrame, Agustín, que no te meterás en política. Júramelo. ¡Júramelo! Y por Dios, que lo ha intentado toda su vida.

Te has pasado de la raya con el viejo, chaval, dice un uniformado a su igual. ¡Y yo qué sé! Debería estar en su casa cuidando los nietos, responde el agresor.

En medio del delirio, Agustín ve a su nieta. Escucha su voz. La princesa que lo llevó -ya anciano- a su primera manifestación, vive ahora fuera del país donde tiene más futuro. Sin que ella lo sepa, la busca entre la muchedumbre de las plazas. Quizás ha regresado. A la protesta. A verlo. A abrazarlo. A decirle una vez más que lo quiere. Quizás.

La calle es un corre-corre entre quienes huyen y quienes persiguen. Se buscan salidas. Se encuentran atajos. Algunos vecinos protegen a los manifestantes en sus portales mientras otros los delatan. Las patrullas rechinan sus ruedas en angostos callejones. Gritos. Voces de mando. Pasan las ambulancias llevando heridos. Un bar cierra las puertas para que su parroquia siga mirando “El precio justo”.

El abuelo, recobra la conciencia en medio de la confusión. Quienes lo rodean gesticulan. Gritan. Se reclama un médico. Se improvisa una camilla. Le duelen las rodillas más que nunca. La respiración, con los gases, se hace pesada. El hígado quisiera reventar. El corazón late tan de prisa que se prevé un colapso. El mundo le da vueltas. Ya despierto se lleva las manos a la cabeza de manera instintiva. Se las mira ensangrentadas. Ante el asombro de todos, Agustín empieza a reír con una carcajada que el asma convierte en un ladrido de chihuahua.

¿Acaso, se había sentido tan joven alguna vez?




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