REFLEJO

Del libro Ciudadano Mambrú de Felipe Orozco


Tranquila y feliz ha sido la niñez de Anita. A sus cinco años no ha visto otra cosa que las exuberantes montañas del Quindío. Verde y más verde punteado por los colores vistosos de los pájaros de los que ya distingue más de cincuenta. Y en Salento, la niebla lenta y ceremoniosa, esconde las palmas de cera un poco aquí, un poco allá, para darle solemnidad al paisaje.

Sola en casa, espera a su madre que tarda demasiado. Pero antes que preocuparse, Anita piensa que la tardanza será compensada con algún dulce regalo y muchos besos, mientras ella gimotea, fingiendo sentirse abandonada. Escucha lejanas explosiones allá en lo que debe ser el centro del pueblo. Anita las relaciona con las fiestas patronales y la pólvora que anuncia un paseo por las calles, helados, galletas y regalos. La niña entusiasmada espera que esta algarabía sea el preludio de la procesión de algún santo. Decide desde ya, que de ninguna manera se pondrá el vestido rosa que tanto le gusta a su madre. En cambio, exigirá llevar el vestido amarillo que le va tan bien con sus zapatos nuevos.

Escucha ahora voces de mando del otro lado de la valla de su jardín. Las explosiones se sienten cada vez más cerca cuando es ya frecuente el paso firme de botas arriba y abajo de las empinadas calles. Detonaciones aisladas, quizá de jovencitos lanzando bengalas. Se escuchan las voces de mujeres llamando a gritos a sus hijos y maridos. Pero esas quejas de dolor de algún hombre, acompañado por el llanto lastimero de una mujer, comienzan a parecerle fuera del guion habitual de unas animadas fiestas de provincia.

El perro de la casa se cuela por una de las rendijas de la verja y entra al patio mostrando un temperamento muy extraño. Ya es sorprendente que no llegue con su madre, de la que nunca se separa. El perro remolinea frente a la niña y gime con desespero mientras la mira. Anita ha vivido siempre con su mascota, han crecido juntos y hasta ahora conocía todas las señales del animal. Cada ladrido, cada gesto era un guiño, una invitación para el juego o para el reposo. Llegó a creer que podía leer su mirada. Ahora no comprende qué quiere decir con un comportamiento tan poco habitual. El perro va y viene dentro y fuera de la casa, una y otra vez, dejando a su paso rastros de orina. No es el juego de cada día en que el perro finge huir para ser alcanzado. La niña no entiende el proceder errático y nervioso de su compañero de juegos.

¿Cómo preguntarle qué ha pasado? ¿Qué ha visto? ¿Por qué ha regresado solo? La niña entra a su cuarto al ver que el animalito rasca la puerta con sus patas mientras no para de gemir. Sigue al peludo que se esconde debajo de su cama y tal como ha hecho muchas veces, se refugia con él en su escondite secreto.

Anita no sabe qué ha visto su perro ni porqué tiene esa mirada de espanto. Se abraza a él. De los ojos de la niña, brotan abundantes, las lágrimas del perro.


Para Verónica Agudelo



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