BRUJA

Del libro Ciudadano Mambru de Felipe Orozco

¿Volveré a escuchar alguna otra vez el susurro del trigal? Maria Garachuk, artillera

Ekaterina a sus 19 años ya es bruja: una “Nachthexen” -brujas de la noche- como todas las del 588 del Regimiento de Aviación que son el quebradero de cabeza de las tropas alemanas.

Después del entrenamiento de la mañana se dedica a decorar de manera infantil su espartana barraca del aeródromo y organiza su limitada dotación. Una caja de cartón con ositos impresos que lanzan corazones al aire alegra la cabecera de su cama. Relee una vez más la última carta de su madre: “Sé bien, Katia querida, lo importante que es para ti esa partitura, pero la hemos buscado en vano”. Desea regresar después de la guerra a su piano, a terminar aquella pieza que evocará la lluvia sobre los manzanos en su Crimea natal. Y no logra recordar el lugar exacto en que guardó con tanto mimo aquellas páginas amadas.

Ekaterina es voluntaria como todas las de su unidad, adolescentes que han de aprender en unos meses lo que otros tardan años. Los recursos son escasos y su misión se considera suicida. Esta noche, ha de volar un anticuado biplano Polikarpov U-2 sobre el frente, sin paracaídas y casi sin instrumentos para hostigar los campamentos enemigos. Más que de la peligrosa misión, la novel aviadora está preocupada por su incipiente obra musical, a la que ha dedicado tantas horas sin resolver los compases de entrada. En esas notas ha puesto -sin que nadie lo sepa- la dulce sonrisa de Alexandr.

De acuerdo con su plan de vuelo se guía por las bengalas, apaga los ruidosos motores, planea sobre su objetivo para arrojar su carga explosiva sobre los aterrorizados soldados que nada habían escuchado, e intenta retornar a la base. Los motores no encienden. Planeando, intenta recordar sus prácticas y el procedimiento apropiado para salir de este contratiempo. Acciona varias veces el contacto e incluso corta una y otra vez los magnetos. Corrige la actitud del morro para estabilizar la gradiente, planear mejor y tener más tiempo de recordar el libro de instrucciones del aparato. Ya lo tiene nítido en su cabeza, lo abre en su recuerdo pero tan solo ve en él las notas de un pentagrama. Surge del fondo de su memoria el escondite exacto de sus textos y una a una, como si alguien le dictase, las notas aún inéditas de la obertura.

Tararea en una densa noche del Cáucaso, mientras nota el gusto salobre de sus lágrimas.


    Para Svetlana Aleksiévich
                    



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